Boicot al Café

Sólo cuando los hombres eyaculamos nos convertimos en personas normales. El resto del tiempo, sobre todo en el periodo que transcurre entre los quince y los treinta años, lo pasamos con la mente ofuscada intentando encontrar la manera de echar un polvo. Esta es una de las razones por las que me alegré de superar los treinta el año pasado. El estado Zen, el despertar que presenta el budismo, debe de ser algo así como un catéter de bromuro directo a una vena en el brazo, un lugar en el que no piensas sólo en follar sino en el que puedes consagrar tu mente a otras actividades. Quiero creer que la vejez nos premiará con algo así. Mientras tanto, convendría intentar hacer el trámite lo más llevadero posible.

Las mujeres acuden a las primeras citas intentando descubrir a los hombres, y no saben que un hombre no es él mismo hasta que se ha librado de esa molestia que le oprime el abdomen. En el intermedio es un saco de hormonas que generalmente responde a las preguntas por el camino más corto hacia el coito. Algunos somos conscientes de ello y lo sentimos, de verdad.

Por trivial que pueda sonar, generalmente lo único que se interpone entre un hombre alterado y su verdadero yo es el café.

En este mundo todo se mesura. Si existe una escala se utiliza, si no existe se inventa. Las estrellas estaban a tomar por saco de la tierra y se tuvo que crear el año-luz. La distancia entre la primera cita y el primer polvo se mide en cafés.

Normalmente siete, esta cifra varía en función de varios factores, siendo la edad de los participantes uno de los factores de mayor peso. A partir de los treinta la gente dispone de menos tiempo para hacer el idiota y los asuntos se resuelven de una manera más diligente, lo cual es una alivio para gente como yo a la que le gusta follar y le sienta mal el café.

Una cita transcurre a menudo en la mesa de un bar mientras se degusta una taza del negro elemento. A veces se cambia éste por una coca-cola, pero parece ser que es norma que se trate de algo que provoque cagaleras o ventosidades. Durante este unidad de tiempo-café, chico y chica intercambian pareceres en un animado toma y daca mientras piensan en las ganas que tienen de follar. Finalmente, tras horas de sufrimiento, se liquida la cuenta y se termina echando un polvo.

Tras la eyaculación, en esos diez minutos en que la naturaleza le permite al hombre ser una persona en lugar de un animal cegado por las urgencias de la perpetuación, se intenta a menudo entablar una conversación interesante. Desgraciadamente, en la mayoría de los casos todos los temas fueron agotados sin remedio horas antes mientras se consumía cafeína en un rincón del bar de la esquina. Los únicos momentos de lucidez del hombre se terminan desintegrando charlando tristemente sobre el tiempo que hará el fin de semana o sobre si de verdad un café cuesta ochenta céntimos. Le van a decir a él lo que cuesta un café. Así pues, los únicos minutos en los que un hombre es persona acaban perdiéndose en sobadas discusiones de ascensor. Le gustaría decir algo brillante, demostrar que existe una vida interior al margen de los calzoncillos, pero ya es demasiado tarde: sus pensamientos se vuelven a centrar en la perpetuación de la especie.

He aquí el modelo de cita que propongo.

Hombre y mujer se encuentran. Se saludan amistosamente y proceden a quitarse la ropa a mordiscos mientras ruedan hasta la cama o la mesa de la cocina. Después copulan como si se tratara de los últimos minutos de su existencia y, finalmente, saciados ya de las urgencias de la carne, se cuentan el uno al otro lo que les ha sucedido durante el tiempo en que no se han visto.

Funciona. Yo lo he probado y puedo decir que jamás había prestado una atención más sincera a los avatares laborales de una persona durante la semana. Palabras como empatía, comprensión e interés sincero adquieren una nueva dimensión cuando se ha vaciado la cabeza de testosterona, la hormona del camino más corto.

Por las relaciones sanas, por el interés franco, por las conversaciones sentidas y con verdadero contenido, por el hombre como persona: boicot al café.

 Vía El sentido de la vida

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